22 septiembre, 2010

La Familia como Factor de Protección y Riesgo de la Violencia en la Escuela

Es un tema de preocupación internacional las manifestaciones cada vez más violentas que tienen las personas para resolver sus problemas, vivimos en una sociedad caracterizada por un alto índice de agresión a todo nivel, la escuela no escapa a esta problemática. Cada vez son mayores las quejas en los centros educativos con respecto al tema de maltrato de docentes a alumnos, de alumnos a docentes y entre alumnos mismos. Tal es esta preocupación que en diferentes universidades se han creado programas de especialización para atender este tipo de problemas. En nuestro país se han abierto programas para atender a víctimas de diversas formas de violencia, uno de estos esfuerzos se desarrolla en el Ministerio de Educación donde existen programas especialmente diseñados para mejorar la convivencia en los centros educativos, y cada año se esfuerza por generar actividades que ayuden en la prevención de éste problema
La organización Mundial de la Salud (2002) en su informe sobre la violencia refiere que para prevenirla en cualquiera de sus manifestaciones, incluidas las que se producen en la escuela, es preciso reconocer que sus condiciones de riesgo y de protección son múltiples y complejas, así como la necesidad de analizarlas tanto en el individuo, como en el contexto que interactúa.
En los estudio de Oliver, Oaks y Hoover (1994) sobre el perfil de niños y adolescentes que despliegan conductas agresivas en la escuela se identifica como principales antecedentes: La ausencia de una relación afectiva cálida y segura por parte de los padres, que manifiestan actitudes negativas y/o escasa disponibilidad para atender al niño; y fuertes dificultades para enseñarle a respetar los límites, combinando la permisividad ante la violencia con el frecuente empleo de métodos coercitivos autoritarios, utilizando en muchos casos el castigo físico.
Los resultados anteriormente expuestos resultan coherentes con los encontrados por Bosworth y Simon (2000) quienes al estudiar los antecedentes familiares de la conducta del maltratado, encuentran que una de las características que incrementa su riesgo es haber estado expuesto a unas condiciones familiares que dificultan el aprendizaje de modelos alternativos de violencia y fomentan el modelo dominio – sumisión que con ella se relaciona.
Otras investigaciones como las realizadas por Strauss y Yodaniss (1997), en padres de alumnos agresores, encuentran que éstos carecen de de habilidades alternativas para enseñar a respetar límites, que perciben las situaciones problemáticas como casi imposibles de solucionar, y combinan conductas autoritarias con una excesiva pasividad.
Por su parte Bromfenbrenner (1979) encontró un importante factor de riesgo para la violencia, y está relacionado con la ausencia o aislamiento de otros sistemas sociales (parientes, vecinos, amigos), y que la cantidad y calidad de apoyo social del que una familia dispone representa una de las principales condiciones que disminuye el riesgo de la violencia, puesto que dicho apoyo puede proporcionar: ayuda para resolver problemas, acceso a información precisa sobre las otras formas de resolver los problemas; y oportunidades de mejorar el autoestima y empoderamiento.
Cabe considerar los resultados obtenidos por Diaz- Aguado y Martínez (2000) ellos sugieren que desde edades muy tempranas (de 2 a 6 años) es posible detectar un estilo de conducta agresivo, que se caracteriza por pegar a otros niños, amenazar, insultar, excluir, romper material al molestarse; conductas que van acompañadas de una fuerte necesidad de llamar la atención, escasa empatía, dificultad para estructurar la conducta entorno a objetivos tareas y exclusión de situaciones positivas de interacción con los otros niños. Este mismo estudio sugiere que el sentimiento de exclusión social trasmitidos por la familia, o experimentado por el propio niño puede generar conductas violentas.
Todos los datos expuestos muestran la importancia que tiene la familia en el desarrollo de conductas violentas en los niños y adolescentes, y no sólo hablamos de ello sino también de la disposición a enganchar en un círculo de violencia; es decir también la familia perfila a un niño o adolescente para ser víctima de éste tipo de actos.
En función a lo presentado, los padres y madres de familia podrían seguir las siguientes recomendaciones para prevenir que su hijo o hija se conviertan en un agresor o por el contrario en una víctima. Debemos tomar en cuenta que este tipo de recomendaciones deben mantenerse a lo largo del tiempo y que deben ajustarse a cada tipo de familia según el caso.

Recomendaciones para padres con hijos violentos:
1. Evalúe si usted es un modelo de conducta violenta, si se irrita con facilidad, si resuelve las cosas con ira o enojándose. Si es así trate de empezar por usted mismo, controlándose y buscando nuevas formas de resolver los problemas.
2. Evalúe si es un padre autoritario o madre autoritaria. Si es así, trate de enmendar su conducta converse con su esposo o esposa para que sirvan de apoyo.
3. Establezca límites claros de que es lo que está permitido y que no tanto dentro como fuera de la casa.
4. Cumpla tanto con los premios como con los castigos que ofrece recuerde que ello ayudará a que sus hijos crean en usted y además sabrán a qué atenerse cuando las cosas no marchan bien.
5. Pedirle que se ponga en el lugar de las demás personas, ayúdelo a valorar los sentimientos de los demás.
6. Si se descubre una falta enseñarle a hacerse responsable y recibir la sanción, por ningún motivo trate de encubrirlo para evitar sanciones, de ese modo nunca aprenderá de su propia conducta.
7. Valore los cambios de conducta positivos por más pequeños que sean.
8. Refuerce y no pase por alto cuando su hijo muestre formas alternativas a la violencia para solucionar sus problemas.
9. Acepte las sugerencias de los maestros (as) y/o psicólogo (a) del centro educativo ellos están tan o más interesados en modificar la conducta de su hijo (a)
10. Mejore la comunicación con su hijo(a) por lo general la aparición de un problema de conducta suele ser un llamado de atención a la dinámica familiar.
11. No aliente conductas demasiado competitivas o el ejercicio de la violencia para resolver los problemas    en sus hijos, más bien fomente el compañerismo y la solidaridad.

Recomendaciones para padres con hijos víctimas de violencia:
1. Fortalezca el autoestima de su hijo(a), refuerce sus logros, por más pequeños que sean.
2. Permítale tomar parte de las decisiones en casa, que se sienta escuchado, que sus opiniones son tomadas en cuenta, que es valioso.
3. No reprima sus muestras de ira diciéndole que de ese modo debe actuar frente a su agresor, con ello lo inhibe aun más y lo hace sentir como cobarde.
4. Mejore la comunicación con su hijo, él debe sentir que puede contar con usted.
5. Apoye la formación de nuevas amistades y grupos sociales.
6. Ayúdele a que se habitúen a practicar algún deporte, con el objeto de reducir su ansiedad por la tensión a la que puedan estar sometidos
7. Dele la oportunidad de aprender a relacionarse que sea capaz de defenderse y de enfrentar sus problemas, no resuelva problemas que él o ella ya puede resolver a su edad.
8. Involúcrelo en actividades que hagan demostrar sus habilidades.
9. Trátelo respetando su edad recuerde que se trata de un adolescente, usted debe empezar a reevaluar las normas y límites en la casa, su hijo ya dejo de ser un niño, pero no es un adulto, así que hay que tratarlo como tal.

21 septiembre, 2010

Situaciones de Crisis y Abordaje en la Escuela

El incremento de problemas relacionados con el abuso de droga, violencia familiar, abuso sexual, divorcios, despidos laborales, cambios de residencia; han venido originando a su vez un aumento de situaciones de estrés en la familia, teniendo como principales víctimas a los hijos quienes en mayor parte de los casos poseen menores recursos para hacer frente a este tipo de situaciones.
Por otro lado, según la postura del ciclo vital del individuo planteada por Erickson, el enfrentarse a una situación de crisis es inevitable, ya que cada una de las etapas representaría situaciones a las cuales el individuo debe responder con la finalidad de adaptarse positivamente. Entonces debemos reconocer que los diferentes sucesos de vida en una sociedad cada vez más exigente generan reacciones estresantes para cualquier individuo y lo expone a mayores posibilidades de crisis.


Luego del hogar, la escuela inevitablemente se convierte en el espacio donde los niños (as) y adolescentes expresan de manera abierta sus experiencias, muchas veces representa su válvula de escape a la presión que ejercen los problemas familiares. Pudiendo además la escuela, transformarse en el escenario que empeora o protege de situaciones difíciles. De allí la importancia que los responsables de brindar atención a los alumnos y alumnas se encuentren adecuadamente preparados para afrontar situaciones de crisis.
Las situaciones de crisis pueden ser entendidas bajo dos acepciones, una positiva y otra negativa. Así tenemos a Webster (1970) quien entiende la crisis como una posibilidad de cambio de cuya consecuencia es posible enfermar o sanar. Por tanto, es necesario entender qué aspectos permiten que una crisis sea percibida como oportunidad o amenaza. De otra manera González (2009) define una crisis dando énfasis al estado temporal de trastorno y desorganización en una persona, caracterizado por la incapacidad para enfrentar una situación utilizando los métodos que ya se conocen para resolver problemas. En esta definición se debe agregar que no sólo los acontecimientos desagradables provocan una crisis, sino también los agradables, para ello se debe mencionar que son frecuentes los casos donde el matrimonio, o el nacimiento de un nuevo hijo pueden generar estados críticos.
Según Gómez (1996), existen tres aspectos que podrían determinar la situación de crisis: la gravedad de los sucesos que lo precipitan, los recursos personales, y los contactos sociales concurrentes al momento de la crisis.
El análisis de los elementos que se confluyen en una situación para ser determinada como crítica o no, resulta de importancia particular, puesto que las definiciones no permiten distinguir claramente cuando una persona está en crisis o no lo está. Uno de los elementos a analizar, como se mencionó anteriormente, debe de ser el suceso precipitante. Existen sucesos que en la mayoría de los casos son percibidos como críticos, es el caso de la muerte de un ser querido, un accidente, violación. Sin embargo, necesitaríamos algo más de cuidado para indicar si el nacimiento de un nuevo hermano, el cambio de domicilio o el cambio de colegio se podrían catalogar como una situación crítica. Para ello, el estudio de la identificación de aspectos como la intensidad, duración o curso que toman los sucesos son necesarios. Un punto aparte requiere el análisis de la circunstancia en sí misma. De hecho no será lo mismo pasar por una situación crítica que se venía venir, que otra inesperada; por tanto la predictibilidad de un suceso crítico cobra un valor importante.

Por otro lado, no debe de alejarse de este análisis el componente cognitivo. La forma como percibe un sujeto la situación crítica influye en la respuesta, es entonces, necesario hacer un estudio de las expectativas de los individuos, de lo que esperaban y lo que se truncó. Preocuparse por lo que para la persona significa la crisis suele ser un buen indicador de sus expectativas, de esto podemos deducir que no siempre un acontecimiento catalogado como crítico pueda ser percibido de tal modo para todos los individuos. No es sólo el factor precipitante es lo que define a la situación como crítica, sino también la valoración que los individuos hagan de ella.

Otro elemento sin duda es el costo emocional que genera una crisis, esta denota una pérdida de la homeostasis y sufrimiento expresado en dolor, tristeza, enojo o miedo, distinto a lo habitual. Halpern (1973) identificó síntomas significativos como: cansancio, desamparo, confusión y desorganización en diferentes esferas de la vida. Esta desorganización fue definida más adelante como vulnerabilidad y sugestionabilidad del individuo, lo que el mismo autor define como reducción de defensas. Finalmente, esto podría expresarse en un trastorno para afrontar los problemas, de los cuales según Caballero (2007), se pueden encontrar las respuestas paralizantes, hiperactivas, corporales y adaptativas.

Las modalidades de intervención suelen ser variadas y corresponden a la priorización en el abordaje de los componentes que constituyen un episodio crítico. Así tenemos quienes priorizan la manipulación del ambiente con la finalidad de lograr la adaptación de las personas al entorno, otros prefieren trabajar o abordar la respuesta emocional que genera la situación de crisis, mientras existen quienes centran su atención en lo cognitivo, en la forma de percibir el evento estresante.
A pesar de las variantes que existen del abordaje en crisis, podríamos distinguir dos momentos: uno denominado primeros auxilios psicológicos y la terapia para crisis.
El objetivo de los primeros auxilios psicológicos consiste en brindar apoyo, reducir los riesgos e identificar los recursos personales.
Por su parte, la terapia para crisis se orienta a resolver la crisis. Este tipo de intervención se puede establecer hasta en cuatro etapas, como lo plantea Gómez (1990). La primera de ellas debe asegurar la vida o mantener la salud física del individuo a lo que se denomina la supervivencia física. En una segunda etapa se debe facilitar la expresión de sentimientos relacionados con la crisis y los cuales deben manifestarse de manera socialmente aceptada. En una tercera etapa se busca la comprensión del incidente y sus circunstancias, analizando y modificando las creencias y expectativas. Finalmente, se orienta a lo conductual e interpersonal, buscando cambios en los patrones de trabajo y relaciones.
Como se aprecia esta intervención asume como áreas de trabajo la somática, la afectiva, cognoscitiva y conductual, abordando de manera íntegra la crisis.