26 enero, 2012

Procrastinación

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                                     Procrastinación : El Síndrome de la Cigarra                                        Henry Santa Cruz Espinoza
Un adagio popular versa “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” haciendo alusión a la conducta inadecuada por la cual se posterga las actividades o se deja su ejecución para último momento. Esta conducta se viene investigando desde hace un buen tiempo, sobre todo en estudiantes, y se define como procastinación.
La procrastinación es la tendencia a retrasar o posponer la finalización de una labor evitando las responsabilidades, decisiones y tareas que requieren ser desarrolladas (Haycock, McCarthy & Skay, 1998; citado por Steel, 2007).
Esta conducta puede clasificarse hasta de tres tipos: una denominada por procrastinación evitación, donde el temor de iniciar una actividad así  como la evitación del fracaso representan sus principales características, y ello estaría ligado a un problema de estima personal. Por otro lado, esta aquella procrastinación por activación, que se caracteriza por la postergación de la tarea hasta que no existe mayor salida que llevarla  a cabo, que por el contrario, a la anterior estaría relacionada con un sentimiento de autosuficiencia. Finalmente tenemos, una procrastinación por indecisión, en la que se pierde demasiado tiempo pensando en la mejor manera de ejecutar la tarea sin llevarla a cabo, esta última podría estar ligada con características obsesivas o dificultad para tomar decisiones en los sujetos.
Muchas referencias indican que el problema tiene lugar al inicio de la adolescencia, con el riesgo que se instauré como un patrón de conducta. Por tanto, el estudio del tema es de relevancia puesto que incide en el aprendizaje y desempeño académico de los estudiantes, pudiéndose reflejar, así como lo menciona Ferrari (1995), en el incumplimiento de horarios, entrega de asignaciones fuera de fecha, retraso para desarrollar tareas, esperar hasta el último para finalizar sus labores, estudiar faltando pocas horas para un examen.
Hipótesis sobre las posibles causas existen muchas, sin embargo, merece mejor el centrarnos en las soluciones. Así que las siguientes recomendaciones podrían ser de mucha ayuda para manejar esta conducta en nuestros estudiantes:
  1. Ayudarlos a reconocer su dificultad: Un estudiante que no es capaz de identificar sus limitaciones se encuentra cerrado al cambio.
  2. Mantener la motivación en la tarea: Brindar pautas o estrategias que motiven o centren la atención del estudiante. Al comienzo pueden utilizarse refuerzos externos pero paulatinamente se deberá buscar una automotivación.
  3. Organizar del tiempo: Favorecer un clima que le permita al estudiante contar y cumplir con horarios establecidos, que ayuden a regular y controlar sus actividades, según la necesidad e importancia de la tarea.
4.     Trabajo en grupo: Los miembros del grupo pueden ayudar a regular el comportamiento procrastinador centrándola en la tarea objetivo, pero se trata de trabajar con personas motivadas, no otros procrastinadores, de tal forma que transmitan esa misma energía y motivación por el trabajo.
5.     Controlar los pensamientos negativos. Existen algunas tareas que nos bloquean cuando hemos tenido una experiencia negativa previa, por ejemplo una mala calificación puede llevarnos a pensar que no somos útiles, que por más esfuerzo que hagamos seguiremos saliendo desaprobados. Estos pensamientos terminan generalizándose y paralizándonos. Es importante identificar y controlar este tipo de pensamientos.
  1. El descanso aumenta la productividad: La falta de energía presente en las actividades están asociadas a la falta de descanso, debemos procurar que nuestros estudiantes tengan el tiempo suficiente de calidad para dormir, practicar algún hobby, salir de paseo.
  2. División de la tarea: Enseñar a que las enormes tareas deben priorizarse y organizarse para su ejecución lo antes posible y dividirla en pequeños pasos. Parece ser más fácil el concentrarse en uno a uno de los pasos que en la tarea global, en cuanto menos lo pensamos ya hemos terminado la tarea.

08 enero, 2011

Alerta en la Escuela : Una Mirada al fenómeno Bullying.

En los últimos meses hemos sido testigos de las denuncias hechas por padres de familia debido a las diversas agresiones de las que han sido víctimas sus hijos, los medios de comunicación brindaron amplia cobertura a algunos casos en particular y advertían sobre el fenómeno bullying.

Haciendo una revisión de sólo uno de los diarios de circulación nacional encontramos noticias que muestran la presencia de conductas violentas en la escuela:
“Escolar muere por practicar juegos violentos en el colegio de ventanilla: El aula del primer año ‘K’ del colegio Villa Los Reyes, en Ventanilla, fue escenario de una tragedia escolar. John, de 14 años, perdió la vida, a causa de los golpes que sufrió en la cabeza al caer al piso enlosetado, cuando era balanceado en el aire, sujeto de las extremidades, por otros cuatro adolescentes. Los padres del fallecido denunciaron que el menor era acosado y golpeado de manera constante por alumnos mayores” (El comercio, 11 de noviembre de 2009)
“Niño de 7 años murió víctimas de una golpiza dad por dos de sus compañeros de colegio: Los menores de 8 y 10 años de edad solían golpear a su víctima con regularidad. (El comercio, 23 de abril de 2010)
“Tacna: colegial fue herido por un compañero con un desarmador y en plena clase: Menor fue trasladado al hospital Hipólito Unánue por herida en la espalda”. (El comercio, 22 de octubre de 2010)

“Menor quedó parapléjico tras ataque de compañeros de colegio en San Juan de Lurigancho. Según el padre de Clinton Maylle, su hijo fue atacado fuera de la institución educativa Micaela Bastidas, de Canto Grande. Asegura que lo molestaban constantemente por ser provinciano” (El comercio, 20 de octubre de 2010)
Este tipo de hechos dan cuenta de los problemas que se presentan en las relaciones interpersonales que establecen los alumnos en los diferentes centros educativos. Este tipo de relaciones hostiles no son situaciones nuevas, más de un lector recordará como en sus colegios se “cogía de punto” al estudioso, al callado, al gordo, al sobreprotegido, al de baja estatura, o cuan alumno lo permitiera. Inclusive eran parte de las inspiraciones de algunos escritores; por ejemplo, ya nuestro poeta Vallejo, en Paco Yunque, nos describe a un personaje víctima de Humberto Grieve, ilustró el sufrimiento al que era sometido por su condición económica y por ser provinciano, lo mismo podemos encontrar en la novela La ciudad y los perros, donde Vargas Llosa dibujó un sistema donde reinaba la desigualdad y donde el más fuerte sometía al débil, que en la novela eran representados en la figura del Jaguar, Alberto y Arana.
Según Serrano (2006) los primeros estudios sobre el acoso escolar, maltrato entre escolares, violencia escolar o bullying fueron hechos en los años 50 en los Estados Unidos, pero es en Europa que surge a finales de los años setenta como un campo de investigación específico.
El noruego Olweus (1998) utilizó por primera vez esta terminología para referirse cuando alguien, de forma intencionada y reiterativa, causa daño, hiere o incomoda a otra persona. Pero además este tipo de conducta incluye un desequilibrio de fuerzas, es decir el alumno sometido tiene dificultad para defenderse.

El análisis de esta definición nos permite distinguir que no toda agresión física puede catalogarse como bullying, ya que debe cumplir los requisitos de ser intencionada y reiterada. Estas características deben juzgarse cuidadosamente puesto que es de esperar en las relaciones interpersonales se observen conductas de agresión ya que son inherentes al comportamiento humano; sin embargo, ello no las convierten en bullying o acoso escolar. Incluso estas dos características no son suficientes, el tercer elemento es el observar un desequilibrio de poder, lo que indicaría una incapacidad por parte de la víctima para hacer frente a su agresor. Este desequilibrio no sólo marca la diferencia en la capacidad corporal o física sino más en el sentirse desprotegido e incapaz de defenderse.

Sería un error abordar este problema tan solo considerando que quien necesita de algún tipo de intervención y/o atención especializada debe ser el agresor, este circuito de violencia se genera también porque existe una víctima quien engancha en este tipo de relación y soporta el abuso; así como unos espectadores quienes no intervienen, ríen, o se hacen de la vista gorda y permiten el abuso. En la actualidad existen investigaciones que han determinado características específicas tanto para agresores, víctimas y espectadores.

Garaigordobil y Oñederra (2010) señalan que los agresores suelen ser alumnos con rendimiento académico promedio o inferior, que provienen de hogares disfuncionales, con modelos violentos, poco tolerantes; mientras que las víctimas suelen tener dificultades en sus habilidades sociales, son reservados, introvertidos, ansiosos, con baja autoestima. Con respecto al perfil del espectador se estudio poco sin embargo Carozzo, Benites, García y otros (2009) sostiene que se puede distinguir a un alumno con miedo a defender a los demás, con necesidad de aprobación, o popularidad, y dependiente del grupo.

El acoso escolar o bullying se presenta en diversas modalidades pero habría que empezar diferenciando entre el acoso directo e indirecto. El acoso directo esta caracterizado por agresiones evidentes tanto físicas como psicológicas, mientras que el acoso indirecto usa formas más sutiles como el aislamiento social, la “la ley del hielo”, pero que igual generan consecuencias emocionales de significancia. Las formas de bullying más conocidos son los caracterizados por la agresión física, verbal, calumnias, extender rumores malintencionados falsos o verdaderos, la manipulación de personas para lograr aislar a un compañero, poner sobrenombres, entre otros.

La tecnología ha permitido además incorporar otras modalidades conocidas como el ciberbullying y el happy slapping, el primero de ellos consiste en utilizar medios como el correo electrónico, chats, foros y/o páginas sociales para ofender, insultar o agraviar a los compañeros; y el segundo consiste en filmar o fotografiar las agresiones físicas y/o humillaciones realizadas y colgarlas en la web con la finalidad de burlarse y humillar a la víctima.

Se han identificados factores de riesgo asociados, entre estos se plantean los de individuales o personales, los familiares, escolares y socioculturales, y como plantea Serrano (2006) aunque no se han logrado demostrar consistentemente su participación, se observan evidencias suficientes para tomarlos en cuenta.

A nivel personal la conducta disocial está asociada al acoso, los alumnos agresivos y disruptivos tienden a ser acosadores. Es probable que el tener un CI bajo y el fracaso escolar también estén relacionados, de igual modo la depresión y la baja autoestima pueden guardar relación. Pero según Serrano (2006) el factor de riesgo más importante es la hiperactividad – impulsividad – déficit de la atención; mientras que Wilton, Craig, Pepler (2000) consideran que dentro de estos factores personales la impulsividad y falta de empatía suelen ser factores más importantes.

Por lo planteado, corresponde a las instituciones encargadas de la educación de los niños y adolescentes el incidir en una formación que fortalezca habilidades necesarias para enfrentar situaciones difíciles en los contextos educativos, educar el manejo de la ira, habilidades para resolver problemas, la empatía y el mejoramiento de la autoestima, permitirán dotar a los alumnos de elementos que prevengan relaciones hostiles.

Sin embargo, el estudio y abordaje sólo de los factores personales no son suficientes. Los factores familiares asociados al bullying son de suma importancia, entre los más comunes tenemos a las familias conflictivas, prácticas disciplinarias severas y relaciones de mala calidad con sus hijos. En éste sentido la promoción de estilos familiares saludables en la escuela son necesarios, así como, el brindar oportunidades a los padres para que aprendan a desarrollar prácticas de crianza beneficiosas.

Un tercer componente es sin lugar a dudas la escuela, en ella circulan quizá los factores de mayor importancia debido a que representa el campo de desarrollo del fenómeno bullying. Un sistema educativo con escasa capacidad para controlar que la disciplina sea coherente y justa favorece este tipo de prácticas, la poca capacitación de los docentes, la exclusión de la familia en el abordaje del mejoramiento de la convivencia escolar resultan siendo determinantes. Incluir políticas de intolerancia frente a la violencia y un plan integral de acción por contrario favorecería prácticas más adecuadas de interacción.

La actitud del docente merece una descripción aparte puesto que una conducta descalificadora, inflexible, o cargada de bromas mal utilizadas, o el mimetizarse con la conducta inadecuada de los alumnos con la finalidad de caer bien a otros, resulta dando origen o reforzando la conducta de acoso.

Por otra parte, existen ciertas creencias que pueden dejar pasar o no permitan dar importancia a los comportamientos de acoso, y estas pueden estar expresados en ideas como: “este problema a existido siempre”, “esto les ayuda a madurar”, “los problemas de chicos se resuelven entre ellos”, entre otros; estas debieran tratarse a nivel docente y analizarse ya que no favorecen la intervención.

A nivel social debemos consideran que la vida de muchos adolescentes transcurre en ambientes cargados de violencia, las pandillas, asesinados, asaltos y secuestros son muestra de ello.

En éste mismo contexto debemos situar a los medios de comunicación que cada vez transmiten programas más agresivos donde la muerte y sangre son frecuentes incluso en programas dirigidos a niños. Los videojuegos y juegos de la red que enganchan a muchos niños y adolescentes por varias horas no son la excepción sus contenidos altamente violentos desensibilizan a este tipo de conductas y se convierten en modelos de conducta para su conducta lúdica y social.

Finalmente debo indicar que a nivel internacional las evidencias relacionadas con el acoso escolar o bullying ciertamente son consistentes; sin embargo en, nuestro contexto peruano urge realizar investigaciones que nos permitan identificar estos factores personales, escolares, familiares y sociales que predisponen o están asociados al desarrollo de éste tipo de relaciones, tomando en cuenta que la conducta obedece a una realidad social y que incluso sus manifestaciones serán cambiantes en función a ella e allí la importancia de dirigir nuestras investigaciones a este fenómeno que nos permita esclarecerlo y proponer alternatin svas que ayuden a la prevención y/o solución de este fenómeno.

Para Analizar un Caso de Acoso Escolar.



22 septiembre, 2010

La Familia como Factor de Protección y Riesgo de la Violencia en la Escuela

Es un tema de preocupación internacional las manifestaciones cada vez más violentas que tienen las personas para resolver sus problemas, vivimos en una sociedad caracterizada por un alto índice de agresión a todo nivel, la escuela no escapa a esta problemática. Cada vez son mayores las quejas en los centros educativos con respecto al tema de maltrato de docentes a alumnos, de alumnos a docentes y entre alumnos mismos. Tal es esta preocupación que en diferentes universidades se han creado programas de especialización para atender este tipo de problemas. En nuestro país se han abierto programas para atender a víctimas de diversas formas de violencia, uno de estos esfuerzos se desarrolla en el Ministerio de Educación donde existen programas especialmente diseñados para mejorar la convivencia en los centros educativos, y cada año se esfuerza por generar actividades que ayuden en la prevención de éste problema
La organización Mundial de la Salud (2002) en su informe sobre la violencia refiere que para prevenirla en cualquiera de sus manifestaciones, incluidas las que se producen en la escuela, es preciso reconocer que sus condiciones de riesgo y de protección son múltiples y complejas, así como la necesidad de analizarlas tanto en el individuo, como en el contexto que interactúa.
En los estudio de Oliver, Oaks y Hoover (1994) sobre el perfil de niños y adolescentes que despliegan conductas agresivas en la escuela se identifica como principales antecedentes: La ausencia de una relación afectiva cálida y segura por parte de los padres, que manifiestan actitudes negativas y/o escasa disponibilidad para atender al niño; y fuertes dificultades para enseñarle a respetar los límites, combinando la permisividad ante la violencia con el frecuente empleo de métodos coercitivos autoritarios, utilizando en muchos casos el castigo físico.
Los resultados anteriormente expuestos resultan coherentes con los encontrados por Bosworth y Simon (2000) quienes al estudiar los antecedentes familiares de la conducta del maltratado, encuentran que una de las características que incrementa su riesgo es haber estado expuesto a unas condiciones familiares que dificultan el aprendizaje de modelos alternativos de violencia y fomentan el modelo dominio – sumisión que con ella se relaciona.
Otras investigaciones como las realizadas por Strauss y Yodaniss (1997), en padres de alumnos agresores, encuentran que éstos carecen de de habilidades alternativas para enseñar a respetar límites, que perciben las situaciones problemáticas como casi imposibles de solucionar, y combinan conductas autoritarias con una excesiva pasividad.
Por su parte Bromfenbrenner (1979) encontró un importante factor de riesgo para la violencia, y está relacionado con la ausencia o aislamiento de otros sistemas sociales (parientes, vecinos, amigos), y que la cantidad y calidad de apoyo social del que una familia dispone representa una de las principales condiciones que disminuye el riesgo de la violencia, puesto que dicho apoyo puede proporcionar: ayuda para resolver problemas, acceso a información precisa sobre las otras formas de resolver los problemas; y oportunidades de mejorar el autoestima y empoderamiento.
Cabe considerar los resultados obtenidos por Diaz- Aguado y Martínez (2000) ellos sugieren que desde edades muy tempranas (de 2 a 6 años) es posible detectar un estilo de conducta agresivo, que se caracteriza por pegar a otros niños, amenazar, insultar, excluir, romper material al molestarse; conductas que van acompañadas de una fuerte necesidad de llamar la atención, escasa empatía, dificultad para estructurar la conducta entorno a objetivos tareas y exclusión de situaciones positivas de interacción con los otros niños. Este mismo estudio sugiere que el sentimiento de exclusión social trasmitidos por la familia, o experimentado por el propio niño puede generar conductas violentas.
Todos los datos expuestos muestran la importancia que tiene la familia en el desarrollo de conductas violentas en los niños y adolescentes, y no sólo hablamos de ello sino también de la disposición a enganchar en un círculo de violencia; es decir también la familia perfila a un niño o adolescente para ser víctima de éste tipo de actos.
En función a lo presentado, los padres y madres de familia podrían seguir las siguientes recomendaciones para prevenir que su hijo o hija se conviertan en un agresor o por el contrario en una víctima. Debemos tomar en cuenta que este tipo de recomendaciones deben mantenerse a lo largo del tiempo y que deben ajustarse a cada tipo de familia según el caso.

Recomendaciones para padres con hijos violentos:
1. Evalúe si usted es un modelo de conducta violenta, si se irrita con facilidad, si resuelve las cosas con ira o enojándose. Si es así trate de empezar por usted mismo, controlándose y buscando nuevas formas de resolver los problemas.
2. Evalúe si es un padre autoritario o madre autoritaria. Si es así, trate de enmendar su conducta converse con su esposo o esposa para que sirvan de apoyo.
3. Establezca límites claros de que es lo que está permitido y que no tanto dentro como fuera de la casa.
4. Cumpla tanto con los premios como con los castigos que ofrece recuerde que ello ayudará a que sus hijos crean en usted y además sabrán a qué atenerse cuando las cosas no marchan bien.
5. Pedirle que se ponga en el lugar de las demás personas, ayúdelo a valorar los sentimientos de los demás.
6. Si se descubre una falta enseñarle a hacerse responsable y recibir la sanción, por ningún motivo trate de encubrirlo para evitar sanciones, de ese modo nunca aprenderá de su propia conducta.
7. Valore los cambios de conducta positivos por más pequeños que sean.
8. Refuerce y no pase por alto cuando su hijo muestre formas alternativas a la violencia para solucionar sus problemas.
9. Acepte las sugerencias de los maestros (as) y/o psicólogo (a) del centro educativo ellos están tan o más interesados en modificar la conducta de su hijo (a)
10. Mejore la comunicación con su hijo(a) por lo general la aparición de un problema de conducta suele ser un llamado de atención a la dinámica familiar.
11. No aliente conductas demasiado competitivas o el ejercicio de la violencia para resolver los problemas    en sus hijos, más bien fomente el compañerismo y la solidaridad.

Recomendaciones para padres con hijos víctimas de violencia:
1. Fortalezca el autoestima de su hijo(a), refuerce sus logros, por más pequeños que sean.
2. Permítale tomar parte de las decisiones en casa, que se sienta escuchado, que sus opiniones son tomadas en cuenta, que es valioso.
3. No reprima sus muestras de ira diciéndole que de ese modo debe actuar frente a su agresor, con ello lo inhibe aun más y lo hace sentir como cobarde.
4. Mejore la comunicación con su hijo, él debe sentir que puede contar con usted.
5. Apoye la formación de nuevas amistades y grupos sociales.
6. Ayúdele a que se habitúen a practicar algún deporte, con el objeto de reducir su ansiedad por la tensión a la que puedan estar sometidos
7. Dele la oportunidad de aprender a relacionarse que sea capaz de defenderse y de enfrentar sus problemas, no resuelva problemas que él o ella ya puede resolver a su edad.
8. Involúcrelo en actividades que hagan demostrar sus habilidades.
9. Trátelo respetando su edad recuerde que se trata de un adolescente, usted debe empezar a reevaluar las normas y límites en la casa, su hijo ya dejo de ser un niño, pero no es un adulto, así que hay que tratarlo como tal.

21 septiembre, 2010

Situaciones de Crisis y Abordaje en la Escuela

El incremento de problemas relacionados con el abuso de droga, violencia familiar, abuso sexual, divorcios, despidos laborales, cambios de residencia; han venido originando a su vez un aumento de situaciones de estrés en la familia, teniendo como principales víctimas a los hijos quienes en mayor parte de los casos poseen menores recursos para hacer frente a este tipo de situaciones.
Por otro lado, según la postura del ciclo vital del individuo planteada por Erickson, el enfrentarse a una situación de crisis es inevitable, ya que cada una de las etapas representaría situaciones a las cuales el individuo debe responder con la finalidad de adaptarse positivamente. Entonces debemos reconocer que los diferentes sucesos de vida en una sociedad cada vez más exigente generan reacciones estresantes para cualquier individuo y lo expone a mayores posibilidades de crisis.


Luego del hogar, la escuela inevitablemente se convierte en el espacio donde los niños (as) y adolescentes expresan de manera abierta sus experiencias, muchas veces representa su válvula de escape a la presión que ejercen los problemas familiares. Pudiendo además la escuela, transformarse en el escenario que empeora o protege de situaciones difíciles. De allí la importancia que los responsables de brindar atención a los alumnos y alumnas se encuentren adecuadamente preparados para afrontar situaciones de crisis.
Las situaciones de crisis pueden ser entendidas bajo dos acepciones, una positiva y otra negativa. Así tenemos a Webster (1970) quien entiende la crisis como una posibilidad de cambio de cuya consecuencia es posible enfermar o sanar. Por tanto, es necesario entender qué aspectos permiten que una crisis sea percibida como oportunidad o amenaza. De otra manera González (2009) define una crisis dando énfasis al estado temporal de trastorno y desorganización en una persona, caracterizado por la incapacidad para enfrentar una situación utilizando los métodos que ya se conocen para resolver problemas. En esta definición se debe agregar que no sólo los acontecimientos desagradables provocan una crisis, sino también los agradables, para ello se debe mencionar que son frecuentes los casos donde el matrimonio, o el nacimiento de un nuevo hijo pueden generar estados críticos.
Según Gómez (1996), existen tres aspectos que podrían determinar la situación de crisis: la gravedad de los sucesos que lo precipitan, los recursos personales, y los contactos sociales concurrentes al momento de la crisis.
El análisis de los elementos que se confluyen en una situación para ser determinada como crítica o no, resulta de importancia particular, puesto que las definiciones no permiten distinguir claramente cuando una persona está en crisis o no lo está. Uno de los elementos a analizar, como se mencionó anteriormente, debe de ser el suceso precipitante. Existen sucesos que en la mayoría de los casos son percibidos como críticos, es el caso de la muerte de un ser querido, un accidente, violación. Sin embargo, necesitaríamos algo más de cuidado para indicar si el nacimiento de un nuevo hermano, el cambio de domicilio o el cambio de colegio se podrían catalogar como una situación crítica. Para ello, el estudio de la identificación de aspectos como la intensidad, duración o curso que toman los sucesos son necesarios. Un punto aparte requiere el análisis de la circunstancia en sí misma. De hecho no será lo mismo pasar por una situación crítica que se venía venir, que otra inesperada; por tanto la predictibilidad de un suceso crítico cobra un valor importante.

Por otro lado, no debe de alejarse de este análisis el componente cognitivo. La forma como percibe un sujeto la situación crítica influye en la respuesta, es entonces, necesario hacer un estudio de las expectativas de los individuos, de lo que esperaban y lo que se truncó. Preocuparse por lo que para la persona significa la crisis suele ser un buen indicador de sus expectativas, de esto podemos deducir que no siempre un acontecimiento catalogado como crítico pueda ser percibido de tal modo para todos los individuos. No es sólo el factor precipitante es lo que define a la situación como crítica, sino también la valoración que los individuos hagan de ella.

Otro elemento sin duda es el costo emocional que genera una crisis, esta denota una pérdida de la homeostasis y sufrimiento expresado en dolor, tristeza, enojo o miedo, distinto a lo habitual. Halpern (1973) identificó síntomas significativos como: cansancio, desamparo, confusión y desorganización en diferentes esferas de la vida. Esta desorganización fue definida más adelante como vulnerabilidad y sugestionabilidad del individuo, lo que el mismo autor define como reducción de defensas. Finalmente, esto podría expresarse en un trastorno para afrontar los problemas, de los cuales según Caballero (2007), se pueden encontrar las respuestas paralizantes, hiperactivas, corporales y adaptativas.

Las modalidades de intervención suelen ser variadas y corresponden a la priorización en el abordaje de los componentes que constituyen un episodio crítico. Así tenemos quienes priorizan la manipulación del ambiente con la finalidad de lograr la adaptación de las personas al entorno, otros prefieren trabajar o abordar la respuesta emocional que genera la situación de crisis, mientras existen quienes centran su atención en lo cognitivo, en la forma de percibir el evento estresante.
A pesar de las variantes que existen del abordaje en crisis, podríamos distinguir dos momentos: uno denominado primeros auxilios psicológicos y la terapia para crisis.
El objetivo de los primeros auxilios psicológicos consiste en brindar apoyo, reducir los riesgos e identificar los recursos personales.
Por su parte, la terapia para crisis se orienta a resolver la crisis. Este tipo de intervención se puede establecer hasta en cuatro etapas, como lo plantea Gómez (1990). La primera de ellas debe asegurar la vida o mantener la salud física del individuo a lo que se denomina la supervivencia física. En una segunda etapa se debe facilitar la expresión de sentimientos relacionados con la crisis y los cuales deben manifestarse de manera socialmente aceptada. En una tercera etapa se busca la comprensión del incidente y sus circunstancias, analizando y modificando las creencias y expectativas. Finalmente, se orienta a lo conductual e interpersonal, buscando cambios en los patrones de trabajo y relaciones.
Como se aprecia esta intervención asume como áreas de trabajo la somática, la afectiva, cognoscitiva y conductual, abordando de manera íntegra la crisis.